Cementerio de Almas
Una niña de doce años camina por el cementerio de las almas recordando a su padre.
Camina sobre los imaginarios escombros que una vez fueron reales en este lugar. Tropieza y cae frente a una docena de almas que han perdido su cuerpo.
Camina una niña que hace doce años estuvo dentro del estómago de su madre en estos mismos lugares, sintiendo cómo la angustia se apoderaba de todo su cuerpo porque era eso lo que su madre transmitía. Escuchando dentro de su pequeño mundo el caos que existía en el mundo que pronto conocería, sin imaginarse nunca que su padre ya no estaría en aquel lugar para cuando ella estuviera presente.
Se gira unos centímetros para observar el gran hueco que quedó en la ciudad, comparando si aquel hueco era más grande que el que existía en su corazón. Pero no lo era. El hueco de su corazón, el hueco que había sido provocado en el mismo momento que el hueco de la ciudad se creó, había superado a este último al menos unas cuatro veces más en profundo, y solo ella, callada y con lágrimas en los ojos, podía estar segura de que aquel hueco crecía a cada minuto.
Se preguntaba cómo era posible que las peores cosas estuvieran en manos del hombre, de una simple criatura como ella lo era, de un solo ser humano. Cómo podía ser capaz el humano de destruir tanto en tan poco tiempo y que esa destrucción durara para toda una eternidad.
Sabía que no obtendría respuesta, pero tampoco dejaría de buscarla.
Las naranjas hojas de los árboles en septiembre se movían al compás del viento y tarareaban una sencilla canción.
Ella sonríe y olvida por un momento toda la angustia que el lugar le provocó, olvida sus preguntas y olvida el dolor. Recuerda a su padre, al hombre de las imágenes que su madre le enseño, al hombre que nunca pudo conocer. Al hombre que murió en su oficina un once de septiembre, cuatro días antes de que su niña pudiera nacer y conocerla.
Recuerda a su madre con una sonrisa cuando la tuvo en brazos y recuerda su delicada manera de contar la historia de su padre.
Y olvida la angustia, y recuerda el amor. Y toma la margarita que llevaba en su cabello para colocarla sobre aquellas baldosas que hacían el cementerio de almas. El cementerio de almas en el cual permanecía su padre.
Camina sobre los imaginarios escombros que una vez fueron reales en este lugar. Tropieza y cae frente a una docena de almas que han perdido su cuerpo.
Camina una niña que hace doce años estuvo dentro del estómago de su madre en estos mismos lugares, sintiendo cómo la angustia se apoderaba de todo su cuerpo porque era eso lo que su madre transmitía. Escuchando dentro de su pequeño mundo el caos que existía en el mundo que pronto conocería, sin imaginarse nunca que su padre ya no estaría en aquel lugar para cuando ella estuviera presente.
Se gira unos centímetros para observar el gran hueco que quedó en la ciudad, comparando si aquel hueco era más grande que el que existía en su corazón. Pero no lo era. El hueco de su corazón, el hueco que había sido provocado en el mismo momento que el hueco de la ciudad se creó, había superado a este último al menos unas cuatro veces más en profundo, y solo ella, callada y con lágrimas en los ojos, podía estar segura de que aquel hueco crecía a cada minuto.
Se preguntaba cómo era posible que las peores cosas estuvieran en manos del hombre, de una simple criatura como ella lo era, de un solo ser humano. Cómo podía ser capaz el humano de destruir tanto en tan poco tiempo y que esa destrucción durara para toda una eternidad.
Sabía que no obtendría respuesta, pero tampoco dejaría de buscarla.
Las naranjas hojas de los árboles en septiembre se movían al compás del viento y tarareaban una sencilla canción.
Ella sonríe y olvida por un momento toda la angustia que el lugar le provocó, olvida sus preguntas y olvida el dolor. Recuerda a su padre, al hombre de las imágenes que su madre le enseño, al hombre que nunca pudo conocer. Al hombre que murió en su oficina un once de septiembre, cuatro días antes de que su niña pudiera nacer y conocerla.
Recuerda a su madre con una sonrisa cuando la tuvo en brazos y recuerda su delicada manera de contar la historia de su padre.
Y olvida la angustia, y recuerda el amor. Y toma la margarita que llevaba en su cabello para colocarla sobre aquellas baldosas que hacían el cementerio de almas. El cementerio de almas en el cual permanecía su padre.
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