Una nueva aventura
El barullo me oprimía el cerebro. Las voces taladraban mi cabeza por todos los espacios posibles, entraban por mis oídos y se dirigían a cada rincón de mi mente. Las paredes gritaban, el suelo gritaba, el techo gritaba. Ya no lograba distinguir de donde provenían tantas voces pero sabía que me estaban consumiendo, sabía que terminarían conmigo. Me destrozaban, poco a poco, pero lo hacían. Con cada segundo aumentaba el volumen y al mismo tiempo el temblor en mis manos.
Me acerqué tembloroso a la ventana, la luna brillaba radiante entre tanta oscuridad. ¿Podía ser algo tan precioso? Levanté suavemente la ventana, necesitaba que el frío de la noche chocara contra mi rostro y me devolviera a la realidad, pero aquella corriente helada no hizo más que incrementar mi ansiedad y mis ganas de correr.
El silencio llenaba el lugar y yo, ansioso e inquieto como estaba, quería descargarme, gritar hasta perder la voz, romper todo lo que estuviera a mi alcance y correr hasta que mis pulmones dejaran de funcionar. La cabeza se me revolvía, estaba colapsando, sabía que pronto desbordaría. El pecho se me oprimía y observaba cada rincón. ¿En busca de que? En busca de una salida. La ansiedad me consumía, brotaba de mi cuerpo y se adueñaba de cada célula, de cada partícula en mi.
El sudor comenzaba a descender por mi espalda y perdía el control de mis manos. Tenía que escapar, y tenía que hacerlo ahora mismo.
Desesperado, tomé mi vieja mochila y comencé a meter en ella todas las cosas que pensé serían necesarias en algún momento. Me alegraba de haber ahorrado el suficiente dinero como para manejar las cosas, lo metí en el fondo de la mochila, bajo dos remeras y un buzo. Luego metí tres libros, mis tres favoritos. Al menos eso me mantendría entretenido el tiempo suficiente, sabía que podía releerlos una y otra vez sin agotarme. También coloqué mi cuaderno de notas y un lápiz. Por último, metí algunos elementos que no serían urgentes, pero que tal vez en su momento me serían útiles.
Entonces me calmé. Tomé el control de la situación durante el tiempo suficiente para no provocar ningún disturbio y arruinar el plan. No podían saber hacia donde me dirigía, no podían siquiera saber que me iría.
Abrí la puerta de la habitación lentamente y observé el pasillo a oscuras. La casa estaba en penumbras y el silencio se acomodaba a la perfección. Apenas se oía la leve respiración de los integrantes, aquellas personas a las que en ciertos momentos desconocía con la palabra familia. Caminé con pasos suaves hacia la cocina, tomaría una botella de agua y algunos paquetes con alimento previo a mi partida, necesitaba llevar al menos unas pocas provisiones.
A decir verdad, no sabía a donde me dirigía. No era que tuviera un lugar al que ir, nada de esto se había planeado antes, si no que había sido una acción de último momento, algo sobre lo que, según yo creía, no tenía elección.
Revisé el contenido de la mochila una vez más, casi rebalsaba. No estaba seguro de como podría cerrarla y menos aún transportarla, pesaba mucho, pero por suerte disponía del espacio suficiente y tenía por seguro que no se rompería. Por último, tomé una fina frazada que encontré en uno de los muebles viejos, era verde a cuadros y no pesaba casi nada. Sabía que debía llevar algo de abrigo, porque por más que el invierno estuviera casi por llegar a su fin, las noches todavía eran lo suficiente frías como para dormir desprotegido.
Entonces tomé las llaves y caminé hasta la puerta. Voltee por última vez, observando todo una vez más con la incertidumbre de saber si con el tiempo olvidaría o no este lugar, porque, muy en el fondo mío, sabía que tenía la intención de hacerlo. Coloqué la llave en la cerradura y sentí el pequeño click al girarla, suspiré y di mi primer paso hacia el exterior. El primer paso hacia el cambio, hacia una nueva aventura.
Tuve la intención de comenzar a correr en el momento que estuve fuera, pero temí que mis rápidas pisadas generaran algún sonido que despertara a mi familia. Sabía que cuando despertaran y se dieran cuenta de que mi presencia se había disuelto comenzaría el caos. Tal vez llamarían a la policía o recurrirían a mi teléfono celular, pero tiempo después se darían cuenta que lo había dejado en el cajón de la cómoda. No iba a llevar conmigo cosas que fueran una molestia. Pero aún así esperaba que no se generara tanto revuelo. Ya había cumplido los veinte y teóricamente era mayor de edad, podía dejar mi hogar si quería y no había nada que me obligara a volver.
Comencé a dar mas pasos hacia la avenida, pensando en el lugar al que iría. Observé el reloj en mi muñeca y pude ver como las agujas marcaban las 5:47. Estaba cerca del amanecer, pero aún era demasiado tarde para que los colectivos de la zona comenzaran a circular. Decidí caminar hasta la estación, tal vez tendría algo más de suerte con el ferrocarril.
Se me congeló el rostro para cuando llegue al anden, el viento soplaba fuerte y levantaba las hojas del suelo en pequeños círculos que danzaban en el aire. Los observé maravillados ya que sabía que cada minúsculo acto de la naturaleza siempre resultaba sorprendente para mí, me concentraba observando todo y explorando cada mínimo detalle. Y entonces lo entendí. Entendí que era lo que quería mi mente y todas aquellas voces que gritaban en mi interior.
Quería naturaleza. Un nuevo lugar por descubrir y conocer. Quería nuevas experiencias en un lugar desconocido, quería bañarme de las mas bellas cosas que el mundo tenía para ofrecerme y por sobre todas las cosas quería la oportunidad de arriesgarme y descubrir mucho más.
Sabía a que se debía todo esto y hacia donde emprendería mi camino. Mi viaje se había decido, y si bien no tenía un rumbo y sabía que debía remar con todo, mi corazón y mi mente tenían en claro que se dirigían hacia una nueva aventura entre los bosques.
El tren llegó minutos más tarde, con las luces encendidas dentro y con apenas unos pocos pasajeros en su interior me brindaba la posibilidad de transportarme lejos de todo aquello que me aprisionaba y hacia un lugar que, aún siendo desconocido, me sonaba más a un hogar que lo que aquí había.
Crucé entonces las puertas hacia el interior y me situé en unos de los asientos, junto a la ventana. El motor arrancó y sentí la tensión abandonar mi cuerpo. Me relajé en el asiento, por primera vez me sentía feliz de haber tomado la decisión de dejar todo atrás y emprender un nuevo camino, una nueva aventura.
Me acerqué tembloroso a la ventana, la luna brillaba radiante entre tanta oscuridad. ¿Podía ser algo tan precioso? Levanté suavemente la ventana, necesitaba que el frío de la noche chocara contra mi rostro y me devolviera a la realidad, pero aquella corriente helada no hizo más que incrementar mi ansiedad y mis ganas de correr.
El silencio llenaba el lugar y yo, ansioso e inquieto como estaba, quería descargarme, gritar hasta perder la voz, romper todo lo que estuviera a mi alcance y correr hasta que mis pulmones dejaran de funcionar. La cabeza se me revolvía, estaba colapsando, sabía que pronto desbordaría. El pecho se me oprimía y observaba cada rincón. ¿En busca de que? En busca de una salida. La ansiedad me consumía, brotaba de mi cuerpo y se adueñaba de cada célula, de cada partícula en mi.
El sudor comenzaba a descender por mi espalda y perdía el control de mis manos. Tenía que escapar, y tenía que hacerlo ahora mismo.
Desesperado, tomé mi vieja mochila y comencé a meter en ella todas las cosas que pensé serían necesarias en algún momento. Me alegraba de haber ahorrado el suficiente dinero como para manejar las cosas, lo metí en el fondo de la mochila, bajo dos remeras y un buzo. Luego metí tres libros, mis tres favoritos. Al menos eso me mantendría entretenido el tiempo suficiente, sabía que podía releerlos una y otra vez sin agotarme. También coloqué mi cuaderno de notas y un lápiz. Por último, metí algunos elementos que no serían urgentes, pero que tal vez en su momento me serían útiles.
Entonces me calmé. Tomé el control de la situación durante el tiempo suficiente para no provocar ningún disturbio y arruinar el plan. No podían saber hacia donde me dirigía, no podían siquiera saber que me iría.
Abrí la puerta de la habitación lentamente y observé el pasillo a oscuras. La casa estaba en penumbras y el silencio se acomodaba a la perfección. Apenas se oía la leve respiración de los integrantes, aquellas personas a las que en ciertos momentos desconocía con la palabra familia. Caminé con pasos suaves hacia la cocina, tomaría una botella de agua y algunos paquetes con alimento previo a mi partida, necesitaba llevar al menos unas pocas provisiones.
A decir verdad, no sabía a donde me dirigía. No era que tuviera un lugar al que ir, nada de esto se había planeado antes, si no que había sido una acción de último momento, algo sobre lo que, según yo creía, no tenía elección.
Revisé el contenido de la mochila una vez más, casi rebalsaba. No estaba seguro de como podría cerrarla y menos aún transportarla, pesaba mucho, pero por suerte disponía del espacio suficiente y tenía por seguro que no se rompería. Por último, tomé una fina frazada que encontré en uno de los muebles viejos, era verde a cuadros y no pesaba casi nada. Sabía que debía llevar algo de abrigo, porque por más que el invierno estuviera casi por llegar a su fin, las noches todavía eran lo suficiente frías como para dormir desprotegido.
Entonces tomé las llaves y caminé hasta la puerta. Voltee por última vez, observando todo una vez más con la incertidumbre de saber si con el tiempo olvidaría o no este lugar, porque, muy en el fondo mío, sabía que tenía la intención de hacerlo. Coloqué la llave en la cerradura y sentí el pequeño click al girarla, suspiré y di mi primer paso hacia el exterior. El primer paso hacia el cambio, hacia una nueva aventura.
Tuve la intención de comenzar a correr en el momento que estuve fuera, pero temí que mis rápidas pisadas generaran algún sonido que despertara a mi familia. Sabía que cuando despertaran y se dieran cuenta de que mi presencia se había disuelto comenzaría el caos. Tal vez llamarían a la policía o recurrirían a mi teléfono celular, pero tiempo después se darían cuenta que lo había dejado en el cajón de la cómoda. No iba a llevar conmigo cosas que fueran una molestia. Pero aún así esperaba que no se generara tanto revuelo. Ya había cumplido los veinte y teóricamente era mayor de edad, podía dejar mi hogar si quería y no había nada que me obligara a volver.
Comencé a dar mas pasos hacia la avenida, pensando en el lugar al que iría. Observé el reloj en mi muñeca y pude ver como las agujas marcaban las 5:47. Estaba cerca del amanecer, pero aún era demasiado tarde para que los colectivos de la zona comenzaran a circular. Decidí caminar hasta la estación, tal vez tendría algo más de suerte con el ferrocarril.
Se me congeló el rostro para cuando llegue al anden, el viento soplaba fuerte y levantaba las hojas del suelo en pequeños círculos que danzaban en el aire. Los observé maravillados ya que sabía que cada minúsculo acto de la naturaleza siempre resultaba sorprendente para mí, me concentraba observando todo y explorando cada mínimo detalle. Y entonces lo entendí. Entendí que era lo que quería mi mente y todas aquellas voces que gritaban en mi interior.
Quería naturaleza. Un nuevo lugar por descubrir y conocer. Quería nuevas experiencias en un lugar desconocido, quería bañarme de las mas bellas cosas que el mundo tenía para ofrecerme y por sobre todas las cosas quería la oportunidad de arriesgarme y descubrir mucho más.
Sabía a que se debía todo esto y hacia donde emprendería mi camino. Mi viaje se había decido, y si bien no tenía un rumbo y sabía que debía remar con todo, mi corazón y mi mente tenían en claro que se dirigían hacia una nueva aventura entre los bosques.
El tren llegó minutos más tarde, con las luces encendidas dentro y con apenas unos pocos pasajeros en su interior me brindaba la posibilidad de transportarme lejos de todo aquello que me aprisionaba y hacia un lugar que, aún siendo desconocido, me sonaba más a un hogar que lo que aquí había.
Crucé entonces las puertas hacia el interior y me situé en unos de los asientos, junto a la ventana. El motor arrancó y sentí la tensión abandonar mi cuerpo. Me relajé en el asiento, por primera vez me sentía feliz de haber tomado la decisión de dejar todo atrás y emprender un nuevo camino, una nueva aventura.
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