Lo que no fue
No quiero perder el tiempo.
No quiero escribirte
ni quiero que tomes un segundo más de presencia en mi mente.
No quiero detenerme más tiempo del necesario,
pensando en lo que no fue.
Aún así,
no puedo evitarlo.
Estás ahí.
No dejo de pensar en las últimas semanas
y el enojo se apodera de mí.
Brota por mis venas, la sangre caliente corre directo a mi cerebro,
donde no dejo de pensar
en todas las razones por las cuales estoy enojada.
La emoción y yo nos convertimos en una.
Nos fusionamos y no logro ser más que eso. Enojo.
Ya no puedo ser yo, ya no puedo sentirme en paz.
También pienso si las cosas hubieran sido diferentes.
En algún punto, me alegro que no lo fueran.
Verte así, desde un primer momento, me ayuda a esclarecer algunas cosas.
No puedo decir que no fue tu culpa,
porque creo fervientemente que lo fue.
Aún así, entiendo que fue lo que pudiste hacer con aquello que tenías.
Supongo que al final, no es con vos con quien estoy enojada.
Sino con la imagen tuya que construí en esos encuentros,
en esas charlas, en las miradas y en los espacios compartidos.
Fue la imagen que construí e idealicé
en base a lo poco que iba conociendo y me gustaba.
Ese fue el problema.
Me gustaba.
¿Y quién quiere que algo que le gusta se termine?
Quería más.
Pero vos no podías. No querías.
No podías ofrecer ni tomar más que aquel breve instante.
No querías (ni podías) avanzar más.
Tal vez tenías miedo.
Y aunque supongo que está bien tener miedo,
eso también me enoja.
Tu cobardía, y la poca responsabilidad afectiva,
al momento de hacer frente a tus miedos y poder hablar.
Hablar de lo que sucedía, de lo que estaba siendo,
de lo que pudo haber sido,
pero no fue.
Comentarios
Publicar un comentario