Cambios que afrontar
Cuando el tiempo pasa y las cosas cambian, el rumbo de nuestro pensamientos suele tomar diferentes caminos. Los cambios en nuestro entorno nos modifican internamente, y son aquellos, los cambios internos los más dolorosos, angustiantes y difíciles de afrontar. Porque las cosas en nuestro interior se enfrentan: ideas, pensamientos, sentimientos y emociones, y siempre hay algo que se rompe, algo que se quiebra.
Nos hundimos en un vacío y una soledad que comienza a ser incontrolable. Nos dejamos caer y nos perdemos en nosotros mismos, en sentimientos encontrados, en batallas perdidas y en muros derribados. Nuestra mente se convierte en un campo de batalla para las ideas que quieren dominarnos y para las que quieren destrozarnos. El corazón calla. No tiene palabra en la lucha de emociones, porque son esas emociones las que se debaten a duelo por él, por decidir que rumbo llevará.
Y ante eso solo queda aguantar. ¿Pero como aguantar con tanta carga interior? Nuestro ser busca no dejarse caer, no rendirse, porque sabe que hay mucho más allá de lo que sucede, mucho más de lo que conocemos y mucho más por lograr. Pero el doloroso recorrido de la angustia no se supera tan fácilmente.
El corazón roto es un estado que pocos pueden manejar, porque pocos pueden ser conscientes de su inmensidad, de sus bajos y de sus altos. El saber que esa ausencia que aparece es lo que más duele y ese vacío el que nos llena profundamente de angustia. Nos sumergimos en recuerdos, atrapados sin salida entre imágenes, palabras y memorias de lo que en un tiempo fue. Se siente el vacío, un vacío latente que no se llena con nada más, y en todos lados hay agujeros sin tapar. El recuerdo de sonrisas que antes nos pertenecían y unos ojos que solo lo veían a uno.
Hay una falta, un vacío afectivo que se pierde y no parecemos encontrar en nadie más. Los ratos que nos dedicaban tan profundamente que ahora no son más que espacios vacíos donde la soledad se instaura y marca su presencia. Y simplemente nos perdemos, nos hundimos y nos dejamos estar, cuestionándonos todo lo fue, todo lo que es y todo lo que será. Esperando, imaginando, inventando un lugar mejor, donde las cosas encuentren su solución y desaparezca el dolor.
Pero todo es transitivo y nada permanece, nos olvidamos del dolor y lo recordamos eternamente. Los sentimientos perduran y desaparecen y solo podemos estar seguros de que así sera, aceptar los cambios, aceptar las circunstancias y vivir con ellas, porque después de todo, al final del camino, todo eso queda.
Nos hundimos en un vacío y una soledad que comienza a ser incontrolable. Nos dejamos caer y nos perdemos en nosotros mismos, en sentimientos encontrados, en batallas perdidas y en muros derribados. Nuestra mente se convierte en un campo de batalla para las ideas que quieren dominarnos y para las que quieren destrozarnos. El corazón calla. No tiene palabra en la lucha de emociones, porque son esas emociones las que se debaten a duelo por él, por decidir que rumbo llevará.
Y ante eso solo queda aguantar. ¿Pero como aguantar con tanta carga interior? Nuestro ser busca no dejarse caer, no rendirse, porque sabe que hay mucho más allá de lo que sucede, mucho más de lo que conocemos y mucho más por lograr. Pero el doloroso recorrido de la angustia no se supera tan fácilmente.
El corazón roto es un estado que pocos pueden manejar, porque pocos pueden ser conscientes de su inmensidad, de sus bajos y de sus altos. El saber que esa ausencia que aparece es lo que más duele y ese vacío el que nos llena profundamente de angustia. Nos sumergimos en recuerdos, atrapados sin salida entre imágenes, palabras y memorias de lo que en un tiempo fue. Se siente el vacío, un vacío latente que no se llena con nada más, y en todos lados hay agujeros sin tapar. El recuerdo de sonrisas que antes nos pertenecían y unos ojos que solo lo veían a uno.
Hay una falta, un vacío afectivo que se pierde y no parecemos encontrar en nadie más. Los ratos que nos dedicaban tan profundamente que ahora no son más que espacios vacíos donde la soledad se instaura y marca su presencia. Y simplemente nos perdemos, nos hundimos y nos dejamos estar, cuestionándonos todo lo fue, todo lo que es y todo lo que será. Esperando, imaginando, inventando un lugar mejor, donde las cosas encuentren su solución y desaparezca el dolor.
Pero todo es transitivo y nada permanece, nos olvidamos del dolor y lo recordamos eternamente. Los sentimientos perduran y desaparecen y solo podemos estar seguros de que así sera, aceptar los cambios, aceptar las circunstancias y vivir con ellas, porque después de todo, al final del camino, todo eso queda.
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