El Faro

El extenso camino hacia el Faro estaba rodeado de plantas. Algunas con cientos de hojas y otras con margaritas saliendo de sus extremidades. Yo daba pequeños pasos hacia mi objetivo, con suma delicadeza y aprovechando de todo el tiempo que se había vuelto mío por una tarde.
Había dejado atrás todas las responsabilidades y todos los compromisos para venir aquí, para poder contemplar una vez más la vida lejos de la ciudad.
El viento soplaba levantando pequeñas partículas de tierra y el polen de las flores. También atraía el aroma de las aguas, que hacía que cada una de las extremidades de mi cuerpo se aflojaran sintiéndose libre después de mucho tiempo. Las nubes dispersas en el cielo dejaban ver detrás un cielo violáceo: el atardecer estaba cerca.
Apresuré mi marcha solo un poco, quería llegar a orillas del río para contemplar la huida del sol y la llegada de la luna. El sonido de las olas al chocar se hacía cada vez mas nítido y con los segundos podía ver más y más del extenso bloque celeste frente a mis ojos. Volteé el rostro a la izquierda, donde el Faro se alzaba inmenso. Hacía tiempo había dejado de funcionar, pero se mantenía intacto en el lugar en el que había estado siempre. Sus colores desgastados eran tan bellos como en un comienzo, cuando la pintura relucía bajo el sol. 

Las aguas ya estaban frente a mí, extendiéndose ante mis ojos al mismo momento en que pisaba la arena. Me agaché y quité mis zapatos, situando ambos pies descalzos sobre la arena. Pude sentir como estos se hundían y el cálido material se escabullía entre mis dedos. La sensación era tan reconfortante que me hacía perder todos mis sentidos y perderme en la maravilla del aquí y ahora. 
El sonido del viento soplando junto con las aguas al chocar, la sensación de la naturaleza inundando mi cuerpo y el tacto de la arena. El cielo se había dividido para entonces y eran los colores violeta, rosa y naranja los que dominaban. Me paré y tras contemplar el maravilloso acto de la naturaleza descubrí que era yo la única persona que se encontraba en el lugar.
Mirando a izquierda y a derecha observé la soledad y no pude evitar pensar en todos aquellos que estaban ahora en la ciudad. Todos aquellos que vivían sus vidas en una rutina que los consumía con cada segundo. Y sentí lástima. Sentí lástima por cada uno de esos seres que perdidos en la sociedad vivían sin vivir. Por aquellos que no tenían una salida y que se habían encerrado en una rutina que era su único conocer en la vida: un trabajo que hacer, obligaciones que cumplir, vínculos que establecer y muchas cosas más. 

Pero me giré y contemplé el mar una vez más. Frente a mí se extendían todas las oportunidades que los demás desperdiciaban. Frente a mí tenía la oportunidad de ser libre y la oportunidad de tomar mi propio camino, mis propias decisiones. No quería perder eso y me aferré como si no hubiera otro día. 
Me acerqué aún más a la orilla, el Faro se elevaba a mi lado tan grande como ningún otro, y me senté sobre la arena. El sol que estaba en el horizonte, parecía fundirse en el agua y abandonar todo cielo que alguna vez conoció. El celeste que pintaba hoy se había ido y ahora parecía que este mismo cielo quemara en lo alto. Cálidos colores se extendían por todo el lugar y abandonaban su lugar rápidamente. Se veía como un retrato, una pintura a contemplar. 
Y el tiempo pasó. Mi mente se inundó de todas los sueños que alguna vez quise cumplir y quedaron atrás. Apareció ante mi la idea de recuperar todo eso y vivir toda experiencia que parecía haber perdido y dejado atrás. El cielo lleno de colores se volvió azul y luego negro. Pequeñas estrellas dispersas y la luna a lo lejos iluminaban levemente el lugar. Noté que por más que las horas hubieran pasado no quería abandonar aquel espacio. Era como si quisiera permanecer por siempre, contemplando la huida y la vuelta del sol en cada momento y el agitar de las aguas al compás del viento. 
Entendí entonces que podría hacerlo, al menos hoy, al menos una vez más. Permanecería a orillas del mar y contemplaría las estrellas durante las siguientes horas, y cuando llegara el momento allí estaría, dispuesto y firme a la vuelta del sol, a un nuevo día, a una nueva oportunidad. 

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