El Gran Jardín
Una puerta de madera. Eso era lo único que la separaba de El Gran Jardín. Tras años de haber oído historias, finalmente se situaba a solo unos pasos del único lugar con el que había soñado conocer. Observaba la madera expectante, preguntándose si sería el momento adecuado, si lo que había detrás se igualaría a todas las imágenes que ella había construido en su mente o si no sería más que una decepción por creer en leyendas.
Cerró los ojos y pensó en todo lo que la había traído hasta este lugar. Habían pasado años de las historias de su madre, años de imaginar las plantas y árboles de colores, años de recorrer cientos y cientos de ciudades en busca de un lugar que no sabía si sería real.
Exhalo y extendió su mano hacia la puerta. El tacto de la madera le provocó una sensación de seguridad y se preparó para lo que vendría luego. Agarró el picaporte y tras presionarlo empujó la puerta hacia adelante.
Abrió los ojos al instante en que el aroma a naturaleza la envolvió. Un aroma que se mezclaba con la sensación de encuentro que crecía dentro de ella y envolvía todo el lugar. Pero eso no podía compararse ante la sensación de pertenencia que sintió cuando sus ojos vislumbraron El Gran Jardín.
Una extensión de naturaleza la invitaba a conocer. El gran salón, con paredes de varios metros de altura y rodeado de vidrios la invitaba a descubrir todo lo que había dentro.
El lugar tenía la apariencia de una gran jaula, con un estructura circular y repleto de pequeños ventanales con vidrios oscuros. La naturaleza que se situaba dentro era un conjunto de pequeños árboles, flores y hongos que brillaban con sus colores. Estaban situados en todos lados por donde se observara: salían del suelo, de las paredes y hasta colgaban del techo. Sus colores brillaban por toda la habitación. Árboles y hojas que iban desde el tono más claro y brillante del verde hasta el más oscuro, y las flores y hongos que saltaban desde los fríos tonos celestes, violetas y verdes hasta los brillantes y delicados rosas, amarillos y rojos. Toda una variedad de colores que llevaban la mirada de un lugar a otro.
Ella se acercó y temerosa extendió su mano hacia el árbol más próximo. Cuando sus finos dedos alcanzaron la hoja verde que brillaba sintió una corriente de energía que subía por su brazo. Lo apartó instintivamente y de la misma manera sonrió. Se abrió paso entre la naturaleza, admirando cada planta y dirigiendo sus ojos hacia todos lados. Quería captar la esencia de todo lo que había dentro, tener la experiencia completa de lo que significaba haber llegado al fin a El Gran Jardín.
En su camino por el lugar alcanzó el centro de la habitación, y allí observó una fuente de mármol donde danzaban aguas de un color celeste brilloso. Por sobre esta, colgaba un candelabro de finos vidrios que emitían brillos reflejados en todo el lugar por los vivos colores de las plantas. Se acercó y contempló las aguas durante lo que parecieron horas pero no fueron más que segundos. El color brillaba tanto que parecía que el agua tuviera pequeños diamantes dentro y danzaran a la par.
Se acercó y extendió nuevamente la mano hacia las aguas, quería poder tocar todo lo que había allí, disponer de cada una de las maravillosas cosas que el lugar tenía para ofrecerle, pero no lo hizo. Sintió que el lugar había estado allí demasiado tiempo, esperando por ella y disponer de sus cosas y tocar todo tal vez no sería el modo correcto en que debería apreciarlo. Los sentidos eran suficientes.
De todos modos, se sentó sobre el mármol, justo donde el agua caía tras haber danzado en lo alto y contempló con mayor precisión toda la naturaleza de la que disponían sus ojos. Los segundos pasaron y así también los minutos y las horas. La joven observaba todo lo que había allí, percibía cada cosa y admiraba la belleza del lugar, la belleza de cada elemento, por minúsculo que pudiera ser. Y a través de eso llegaron las sensaciones. Una sensación de familiaridad y pertenencia que fue creciendo con cada segundo. La sensación de saber que era allí y no en ningún otro lugar donde ella podía encontrarse a si misma, que era allí y no en otro lugar donde podía comprender todo lo que había sucedido y las razones de esos hechos.
Y eso hizo. Sentada junto a las aguas y rodeada de la deslumbrante naturaleza pudo sentir y conocer. Fue aquel lugar lo que la llevó a su interior y a establecer un equilibrio en sus emociones. Fue allí, rodeada de tanta vida, de tanto color y de tanta energía que se encontró a si misma.
Cerró los ojos y pensó en todo lo que la había traído hasta este lugar. Habían pasado años de las historias de su madre, años de imaginar las plantas y árboles de colores, años de recorrer cientos y cientos de ciudades en busca de un lugar que no sabía si sería real.
Exhalo y extendió su mano hacia la puerta. El tacto de la madera le provocó una sensación de seguridad y se preparó para lo que vendría luego. Agarró el picaporte y tras presionarlo empujó la puerta hacia adelante.
Abrió los ojos al instante en que el aroma a naturaleza la envolvió. Un aroma que se mezclaba con la sensación de encuentro que crecía dentro de ella y envolvía todo el lugar. Pero eso no podía compararse ante la sensación de pertenencia que sintió cuando sus ojos vislumbraron El Gran Jardín.
Una extensión de naturaleza la invitaba a conocer. El gran salón, con paredes de varios metros de altura y rodeado de vidrios la invitaba a descubrir todo lo que había dentro.
El lugar tenía la apariencia de una gran jaula, con un estructura circular y repleto de pequeños ventanales con vidrios oscuros. La naturaleza que se situaba dentro era un conjunto de pequeños árboles, flores y hongos que brillaban con sus colores. Estaban situados en todos lados por donde se observara: salían del suelo, de las paredes y hasta colgaban del techo. Sus colores brillaban por toda la habitación. Árboles y hojas que iban desde el tono más claro y brillante del verde hasta el más oscuro, y las flores y hongos que saltaban desde los fríos tonos celestes, violetas y verdes hasta los brillantes y delicados rosas, amarillos y rojos. Toda una variedad de colores que llevaban la mirada de un lugar a otro.
Ella se acercó y temerosa extendió su mano hacia el árbol más próximo. Cuando sus finos dedos alcanzaron la hoja verde que brillaba sintió una corriente de energía que subía por su brazo. Lo apartó instintivamente y de la misma manera sonrió. Se abrió paso entre la naturaleza, admirando cada planta y dirigiendo sus ojos hacia todos lados. Quería captar la esencia de todo lo que había dentro, tener la experiencia completa de lo que significaba haber llegado al fin a El Gran Jardín.
En su camino por el lugar alcanzó el centro de la habitación, y allí observó una fuente de mármol donde danzaban aguas de un color celeste brilloso. Por sobre esta, colgaba un candelabro de finos vidrios que emitían brillos reflejados en todo el lugar por los vivos colores de las plantas. Se acercó y contempló las aguas durante lo que parecieron horas pero no fueron más que segundos. El color brillaba tanto que parecía que el agua tuviera pequeños diamantes dentro y danzaran a la par.
Se acercó y extendió nuevamente la mano hacia las aguas, quería poder tocar todo lo que había allí, disponer de cada una de las maravillosas cosas que el lugar tenía para ofrecerle, pero no lo hizo. Sintió que el lugar había estado allí demasiado tiempo, esperando por ella y disponer de sus cosas y tocar todo tal vez no sería el modo correcto en que debería apreciarlo. Los sentidos eran suficientes.
De todos modos, se sentó sobre el mármol, justo donde el agua caía tras haber danzado en lo alto y contempló con mayor precisión toda la naturaleza de la que disponían sus ojos. Los segundos pasaron y así también los minutos y las horas. La joven observaba todo lo que había allí, percibía cada cosa y admiraba la belleza del lugar, la belleza de cada elemento, por minúsculo que pudiera ser. Y a través de eso llegaron las sensaciones. Una sensación de familiaridad y pertenencia que fue creciendo con cada segundo. La sensación de saber que era allí y no en ningún otro lugar donde ella podía encontrarse a si misma, que era allí y no en otro lugar donde podía comprender todo lo que había sucedido y las razones de esos hechos.
Y eso hizo. Sentada junto a las aguas y rodeada de la deslumbrante naturaleza pudo sentir y conocer. Fue aquel lugar lo que la llevó a su interior y a establecer un equilibrio en sus emociones. Fue allí, rodeada de tanta vida, de tanto color y de tanta energía que se encontró a si misma.
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