Cuatro cartas y un adiós
Un conjunto
de cuatro cartas me observa desde el centro de la pequeña mesa de la sala. El
color de los sobres resalta por sobre la madera gastada y relucen bajo la luz
del sol que entra por la ventana. Las cartas que serán para mis padres, mi
hermano y mi novio parecen tan simples como si no llevaran mis últimas palabras,
tan pesadas de significado y que darán explicación de la decisión que he
tomado.
El azul, dirigido a mi novio, fue el primer sobre que cerré, seguido del verde que se dirigía a mi hermano. No ha sido fácil despedirme de esas dos personas, dos maravillosos hombres que me han protegido de todos quienes quisieran hacerme daño alguna vez. Aquellos que me han acompañado y han estado más de una vez para espantar a mis demonios… Cuanto me gustaría agradecerles y que pudieran entender la profundidad de mis palabras sin juzgarme, que puedan entender que este mundo es demasiado sensible, o tal vez, demasiado difícil para mí.
No me gustaría que piensen en mí como una cobarde que no pudo continuar con la vida, si no en alguien valiente y con demasiadas ideas y pensamientos que no encajaban en este mundo y era sensible al horror de la humanidad.
Porque es así como me siento, perdida entre un mar de palabras, valores y creencias que no hacen más que acabar con mi persona.
A mi padre y a mi madre, quienes me han criado con toda la dulzura y el amor que pueden dar, lamentaré que estas palabras lleguen a ellos, lamentaré lo que hay en esas cartas y lamentaré cuando la depresión de perder a una hija los ataque. Sus cartas han sido tan duras de escribir que he roto un papel tras otro y he tardado semanas en concluir con mis ideas. ¿Pero queda acaso otro remedio? Sé que es por mi propio bien y sé que, más allá de todo, es una decisión que a mí me ayudará.
Me ha tomado tiempo. Horas, días, semanas y meses, pero he tomado la decisión que cambiará todo. Y puedo decir que me siento tranquila con ella, sabiendo que esto será lo mejor para mí. Y espero, con todo mi corazón, que la culpa no recaiga en mis seres amados, porque sería algo que sé, no me perdonaría.
Así que decido que ha sido la hora y recojo las cartas saliendo lentamente de mi habitación.
Camino por el pasillo sintiendo las frías baldosas bajo mis pies y busco relajar mi respiración antes de que los nervios ataquen todo mi cuerpo una vez más.
Cuando entro a la habitación de mis padres, ninguno de ellos se mueve ni nota que estoy aquí, así que deposito ambas cartas sobre el mueble junto a la pared y siento mis ojos picar a causa de las lágrimas. Respiro hondo y luego de observarlos a ambos durante unos segundos, tomo mi camino al cuarto de al lado.
Cuando ingreso, mi hermano descansa con todas las sábanas desparramadas a su alrededor. El ronquido que sale de sus labios es constante y lo suficientemente fuerte para oírlo aún desde afuera, así que procurando no hacer mucho ruido, me acerco hasta él y deposito la carta junto a su escritorio. Luego, camino fuera con suaves pasos, deslizándome por la madera.
Es en la cocina donde dejo la última carta. Dejo también, una pequeña nota pidiendo que la entreguen cuanto antes. No había querido dársela yo a mi novio, no había querido caminar hasta su hogar o dejarla en su habitación porque sabría que todo se volvería aún más difícil y dudaría hasta último instante con mi decisión. Así que simplemente hago lo que debo hacer y dejo que el destino elija que sucederá con estas cuatro personas así como decidió que me sucedería a mí.
No tengo más palabras que decir, más acciones que hacer y más tiempo para pensar. Así que tomo camino de vuelta a mi habitación, y tomando el pequeño frasco de pastillas me recuesto sobre la cama despidiéndome por última vez de este mundo que, alguna vez, fue mi hogar.
El azul, dirigido a mi novio, fue el primer sobre que cerré, seguido del verde que se dirigía a mi hermano. No ha sido fácil despedirme de esas dos personas, dos maravillosos hombres que me han protegido de todos quienes quisieran hacerme daño alguna vez. Aquellos que me han acompañado y han estado más de una vez para espantar a mis demonios… Cuanto me gustaría agradecerles y que pudieran entender la profundidad de mis palabras sin juzgarme, que puedan entender que este mundo es demasiado sensible, o tal vez, demasiado difícil para mí.
No me gustaría que piensen en mí como una cobarde que no pudo continuar con la vida, si no en alguien valiente y con demasiadas ideas y pensamientos que no encajaban en este mundo y era sensible al horror de la humanidad.
Porque es así como me siento, perdida entre un mar de palabras, valores y creencias que no hacen más que acabar con mi persona.
A mi padre y a mi madre, quienes me han criado con toda la dulzura y el amor que pueden dar, lamentaré que estas palabras lleguen a ellos, lamentaré lo que hay en esas cartas y lamentaré cuando la depresión de perder a una hija los ataque. Sus cartas han sido tan duras de escribir que he roto un papel tras otro y he tardado semanas en concluir con mis ideas. ¿Pero queda acaso otro remedio? Sé que es por mi propio bien y sé que, más allá de todo, es una decisión que a mí me ayudará.
Me ha tomado tiempo. Horas, días, semanas y meses, pero he tomado la decisión que cambiará todo. Y puedo decir que me siento tranquila con ella, sabiendo que esto será lo mejor para mí. Y espero, con todo mi corazón, que la culpa no recaiga en mis seres amados, porque sería algo que sé, no me perdonaría.
Así que decido que ha sido la hora y recojo las cartas saliendo lentamente de mi habitación.
Camino por el pasillo sintiendo las frías baldosas bajo mis pies y busco relajar mi respiración antes de que los nervios ataquen todo mi cuerpo una vez más.
Cuando entro a la habitación de mis padres, ninguno de ellos se mueve ni nota que estoy aquí, así que deposito ambas cartas sobre el mueble junto a la pared y siento mis ojos picar a causa de las lágrimas. Respiro hondo y luego de observarlos a ambos durante unos segundos, tomo mi camino al cuarto de al lado.
Cuando ingreso, mi hermano descansa con todas las sábanas desparramadas a su alrededor. El ronquido que sale de sus labios es constante y lo suficientemente fuerte para oírlo aún desde afuera, así que procurando no hacer mucho ruido, me acerco hasta él y deposito la carta junto a su escritorio. Luego, camino fuera con suaves pasos, deslizándome por la madera.
Es en la cocina donde dejo la última carta. Dejo también, una pequeña nota pidiendo que la entreguen cuanto antes. No había querido dársela yo a mi novio, no había querido caminar hasta su hogar o dejarla en su habitación porque sabría que todo se volvería aún más difícil y dudaría hasta último instante con mi decisión. Así que simplemente hago lo que debo hacer y dejo que el destino elija que sucederá con estas cuatro personas así como decidió que me sucedería a mí.
No tengo más palabras que decir, más acciones que hacer y más tiempo para pensar. Así que tomo camino de vuelta a mi habitación, y tomando el pequeño frasco de pastillas me recuesto sobre la cama despidiéndome por última vez de este mundo que, alguna vez, fue mi hogar.
Comentarios
Publicar un comentario